Mª Fuensanta Bravo Sánchez
La mañana era diáfana y azul, era el 1 de noviembre de 2025. Ntra. Sra de la Encarnación llegaba al Convento. Venía de la c/ de la Cruz, de la casa de Rosa Rueda de la Rosa, Rosa la de Pepe Bravo, como todo el pueblo la conocía y a ella le gustaba que así la llamasen. Rosa murió el 12 de octubre, Día de la Virgen del Pilar.
Durante toda mi vida escuché que el destino de la Virgen era el Convento. Había llegado la hora. Tita Rosa la había custodiado durante décadas, durante muchísimos años de su vida. La había honrado, cuidado, adornado,…, con todo el amor, la sensibilidad y la exquisitez de las que su persona sabía prodigar como nadie. La imagen vino desde Cádiz. Allí llegó hace casi 70 años. Mí tía, Encarna Bravo Marín, hermana de mi padre y de mi tío Pepe, vivía en esa ciudad. Se la había regalado su esposo, mi tío Ángel, porque a ella le hacía muchísima ilusión.
Cuando se jubilaron se asentaron en nuestro pueblo y, antes de morir mi tía Encarna, estableció que la Virgen fuese legada a mis tíos Pepe, Rosa, a mi hermano Miguel Ángel (Q.E.P.D.) y en caso de su fallecimiento, como así ha ocurrido, a sus descendientes. Tanto mi hermano como su familia tenían en su voluntad cuál sería el destino final de la Virgen. Así se ha llevado a cabo tras la muerte de mi tía Rosa. A Ntra. Sra. la bautizaron en Cádiz con el nombre de mi tía que, a su vez, era el nombre de mi bisabuela. De ahí la profusión de Encarnas en la familia.
Desde ahora, la dulzura de su mirada nos espera, nos acoge y nos alienta desde su hogar definitivo: nuestro sagrado Convento.