
El pasado domingo, 25 de abril, tuvo lugar en la Casa Hermandad una merienda de convivencia de las hermanas de la Cofradía que participaron vestidas de mantilla, atuendo tan propio y elegante de las mujeres de nuestra tierra, en la procesión del cincuenta aniversario de la reinstauración del Santo Sepulcro.
En dicha reunión, la hermana Fuensanta Bravo recitó una composición que realza y homenajea a dichas mujeres.
A petición de las presentes en el evento se expone a continuación.
Exaltación de la mantilla, de la mujer hermana de arriba que acompañó a su Cristo yacente.
La noche está en calma, la primavera incipiente embriaga los cielos. Se abren las puertas, se asientan los pasos firmes y seguros que mecen el aleteo de los cirios, la cadencia de los hombres de trono que te llevan, que acuden a tu llamada como una ola que arrasa, que corta el aire, que se eleva y estremece con los destellos de tu movimiento y tu luz.
La noche está en calma,
pero el ajetreo que sube y que baja,
que llena de fiesta la calle Convento,
con la Plazoleta, las escalinatas,
me viene gritando,
que es noche muy grande
la que se desata.
Son 50 años
de aquellos sudores,
de quienes lucharan
porque aquí el Sepulcro,
luz, fuego, clamor,
hoy se disfrutara.
Es de terciopelo
el aire que envuelve
la luz, la fragancia.
Hermanas de arriba,
que abrazáis el verde
de nuestras entrañas,
hoy de penitentes,
en una marea,
que nunca en la historia
tuvo precedentes,
todas bien unidas
con nuestro Sepulcro
cumplimos hoy cita
que estrecha y conmueve.
Negro, negro,
tiene que ser negro,
no hay otro color
que el negro del alma
cuando Cristo muere.
Luto negro, fino tul,
y fino el bordado,
cual alas de encaje
con que esa mantilla,
sus puntas enmarcan
y adornan la cara.
Negro es el dolor
que corta la espada
en el corazón de mi Soledad
cuando lo traspasa.
Luto negro,
vestido que ciñe,
moldea, realza,
vestido que es sobrio,
austera elegancia.
La peineta airosa
la cabeza alta,
perfiles que elevan
la noche serena,
pelo recogido,
movimiento, brillo,
luces en los ojos
y las manos blancas.
Blanca son las manos,
bandera de paz
que lleva y desgrana
las avemarías,
cuentas del rosario
que los dedos engarzan.
Blancas, blancas las velas,
y la cera blanca,
sutiles estrellas
ardiendo en las calles
como una plegaria.
Hay un batallón
de sones de amor,
mujeres de talla que,
cuando las llaman,
no entienden de edad,
no entienden de nada
porque su Señor,
desde su sepulcro,
desde su silencio,
sin mediar palabra,
hoy, aquí las reclama.
Éstas son las mismas,
son hijas, son nietas,
son sangre de sangre
de los que lucharan.
Son cincuenta años, es línea directa
que surcan caminos y almas.
A ellos rendimos honores
lanzando al futuro
la llama encendida
que ellos prendieran
y aquella misión, que antaño iniciaran,
seguirá cumpliéndose
envuelta en los verdes infinitos
de la fe y la esperanza.
Alhaurín el Grande, 25 de abril de 2010
Fuensanta Bravo Sánchez