Después de misa, el Domingo 17 de Mayo, Día de la Ascensión salimos de la Ermita del Convento un grupo de Hermanos llevando con nosotros la Sagrada Comunión y el Lignun Crucis.
Por segundo año visitamos a un grupo de personas que, a causa de su enfermedad, se encuentran impedidas y recluidas en sus casas. Muchas de ellas comulgan con cierta frecuencia; otras comulgan tras haber estado mucho tiempo alejadas de la iglesia.
En todas ellas encontramos el calor de su acogida y un profundo respeto ante lo que van a recibir.
Durante unos minutos rezamos y pedimos por su salud pero sobre todo pedimos porque sepan, con paciencia y esperanza, soportar el peso de su cruz.
Al entrar en sus hogares, nos reconocen y emocionadas le comentan a nuestro Hermano Mayor: …“¡qué Día de la Cruz tan grande. No me he perdío ná. Lo he visto tó por el televisor!”… Este comentario se repitió en todo nuestro recorrido. En todas las casas nos encontramos con el Señor del Convento en sus paredes, pero donde verdaderamente está es el corazón de cada una de ellas. Al despedirnos, nos agradecen la visita pero no son ellos los agradecidos, somos nosotros.
Son todo un ejemplo, un referente, un modelo de Hermanos de Arriba.
Te damos gracias, Señor del Convento, por estas personas, porque has sostenido su caminar y los has acompañado a lo largo de su vida. Ahora, Señor, ayúdales a vivir el tiempo de la enfermedad con paciencia y esperanza y ayúdanos también a nosotros a atenderles con cariño, a aliviar sus sufrimientos y a reconocer en ellos tus dones. Ahora, Santísimo Cristo de la Vera-Cruz, en el atardecer de su vida, aviva en ellos la fuerza de tu luz porque sólo tú eres vida sin ocaso.